jueves, septiembre 24, 2020

Por Pablo Viola (@pviola14)

Durante las dos semanas del Abierto de Australia pudimos contemplar parte de la historia más importante de los deportes, esa que siempre depara sorpresas, muchas veces agradables, como la de poder ver una vez más en una final de Grand Slam a los dos hombres que le dieron brillo al tenis del siglo XXI, quienes -por lógicos motivos- habían encontrado rivales que eclipsaron sus respectivas figuras en el último lustro.

Fueron rivales deportivos y también la propia edad, el propio desgaste, los principales autores de una serie de secuencias que impulsaron a los simpatizantes de Federer y Nadal a reconsiderar al deporte por encima de sus ídolos, aunque esta situación generaba una melancolía que, a ciertas personas, las llevaba al desamparo, a sufrir un desgarro incurable en el corazón.

Resulta muy difícil para aquellos que disfrutamos de la estética del deporte -más allá del resultado- pensar un futuro sin Roger Federer. De hecho, es exclusivamente su figura la que nos cambia nuestro humor. ¿Puede cobrar tanta importancia la expresión de un deportista en el terreno de juego, tanto como para hacer nuestras jornadas más o menos agradables? Por más inexplicable que resulte para algunos, no tengo dudas al respecto.

Más allá del resultado final, cada vez que le tocó salir derrotado al exnúmero uno del mundo -al ahora ganador de 18 torneos del Grand Slam-, la mayoría esperó su regreso. Un regreso que a mediados de 2016 se demoró medio año, causando preocupación en sus seguidores con preguntas como: ¿Podrá volver a jugar en gran nivel? ¿Es el comienzo del fin? ¿Tendrá una nueva posibilidad después de haber estado tan cerca de la final de Wimbledon?

El propio Federer reconoció con sus propias palabras lo sucedido en aquellas jornadas sin tenis para él y Nadal, antes del Abierto de Australia. “Hace pocos meses estábamos inaugurando la Academia de Rafa en Mallorca y hablamos de jugar un partido de caridad, una exhibición. Estábamos los dos lesionados y recuerdo que jugábamos con unos juniors y nos decíamos: “¡Esto es lo más que podemos hacer!”. Ahora todo cambió”.

Único e irrepetible

Existen idolatrías apasionadas, aquellas que generan histeria y provocan sonidos que en ocasiones pueden aturdir, y también aquellas que llegan al corazón, erizan la piel y sostienen reacciones solapadas. Pueden ser expresiones artísticas o también deportivas. Muchos coinciden que Federer se desliza con mucho de arte en sus movimientos. Sus performances emocionan.

Desde siempre, en un intento de interpretación de la actualidad y ante consultas sobre tal o cual situación del tenis, la principal referencia sobre el suizo y el futuro se basaba en esa calidad de movimientos y en su poco desgaste físico. Como explicar que a los 35 años empiece a tener sus primeras vacilaciones en la materia. Sólo el tenis de Federer tiene la respuesta a su calidad pese a la longevidad.

Respecto de la final ante Nadal tuvo de todo, pero básicamente la táctica adecuada para tratar de torcer una historia negativa ante el español. En el récord general entre ambos, Nadal estaba 23-11 arriba. El manacorí fue siempre la horma del zapato para Roger. Desde lo tenístico, con la estrategia adecuada para neutralizar el talento del helvético, desde lo físico, llegando a acciones extremas en la cancha, salvando situaciones imposibles, y desde lo mental, con su implacable capacidad de modificar escenarios y prevalecer al final de los partidos.

Federer no vencía en un partido y una final de Grand Slam a Nadal desde 2007, cuando se impuso en Wimbledon en cinco sets, antes que lo destronara el propio español al año siguiente en el césped londinense. Esta vez fue distinto y el suizo se recuperó en el terreno de Nadal, el de la mente, ganando cuatro games consecutivos, tras estar break abajo.

Tan perfecta fue la historia que el propio suizo se encargó de trasladarla a palabras durante la entrega de premios, reconociendo la paridad del encuentro y el trabajo de su rival. “Si hubiera perdido estaría feliz también. En el tenis no hay empates, pero si los hubiera, me habría alegrado compartir el trofeo esta noche con Rafa. De verdad”.

Impactos en perfecto equilibrio para reducir el sufrimiento corporal, cierre de ángulos para economizar kilómetros y una característica soltura para desplazarse en la cancha. Nada es mecánico en el juego de Federer. Verlo desplazarse es el placer máximo que alguien puede experimentar, tanto como para imaginar que su presencia, golpes y apariciones prodigiosas, solo puede ser generada por su interminable genio.

El suizo se encargó de poner paños fríos a sus palabras cuando le habló al público en la despedida. “Durante la entrega de premios, dije un poco en general esa frase sobre “Si vuelvo el próximo año…”. Sé que aún hay mucho tenis en mí para seguir dando”. Su impecable rendimiento del domingo hace pensar lo contrario respecto de situaciones del pasado como el sorpresivo retiro de Sampras tras ganar el US Open 2002.

Quienes sentimos su tenis de esta manera tratamos de manejar ese estado de ánimo al que nos referimos en el título. Es el deseo de seguir viéndolo en acción que nos impulsa, de querer que trascienda su nombre aún más respecto de sus calificados rivales, de imaginar la posibilidad de verlo más años, aunque solo sea en los torneos más importantes. Por eso celebramos a la distancia esta conquista histórica, desde el análisis, desde la simpatía y desde un deporte que merece tener intérpretes como él.

FOTOS: Getty Images

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