miércoles, septiembre 30, 2020

Por Pablo Viola

“Jugando así pueden ocurrir cosas bonitas” era la expresión de Rafael Nadal, dolido por la derrota en el Abierto de Australia pero firme en sus convicciones de haber recuperado el pulso competitivo para plantearle duelo a los mejores del mundo. Aquel inicio de temporada tuvo resultados adversos ante Federer en la continuidad en la serie de certámenes sobre canchas duras, sin embargo, el campo hacia la temporada sobre polvo de ladrillo lucía fértil.

Un mes después de arribar a Montecarlo, camino a su décimo título en el Principado, la cosecha no pudo ser mejor y espera ser aún más abundante en las próximas semanas, con los desafíos en Roma y Roland Garros. El mallorquín es el auténtico monarca en esta superficie en la historia del deporte. Nadie fue y difícilmente sea tan dominante como le tocó serlo al español, en una época de exponentes categorizados como Federer, Djokovic y en menor medida Murray.

Pasaron Montecarlo, Barcelona y Madrid, de lo más granado y tradicional en torneos sobre esta superficie. Se cumplió el 60 por ciento del trayecto trazado en 2017 sobre canchas lentas, con 5500 puntos como máxima aspiración, que hasta aquí le han redundado 2500, más del 50 por ciento de los puntos sumados en la temporada y cerca de ese porcentaje en su ranking anual, para quedar primero en la Carrera y cuarto en el escalafón ATP, tras superar esta semana en ambos a Federer.

Una vez concluido el trabajo en la capital española, Nadal expresó su alegría en palabras. “Hoy es un día para estar satisfecho, ser feliz y disfrutar este trofeo. Este es un período muy emotivo para mí en la temporada. Realmente disfruto estos torneos. Sólo trato de ir por todos ellos, trato de competir. Lo hice muy bien en Montecarlo y Barcelona, y también en Madrid. Espero hacer lo mismo en Roma y Roland Garros”.

Ausente con aviso Federer, Murray en un complejo entramado desde principios de año y Djokovic con fragilidades impropias de su carrera. Nadie estaría capacitado para vencer a un Nadal que, más allá de no parecer esa máquina inexpugnable de otros tiempos, exhibe una versión inalcanzable para los mortales de mayor nivel, tales los casos de Goffin y Thiem por nombrar un par de ejemplos, aquellos que le hicieron algo de frente a esta nueva cara de la “tormenta perfecta”.

En esta serie de 15 victorias consecutivas, Nadal solo perdió dos sets -en los debuts en ambos Masters 1000- ante Kyle Edmund y Fabio Fognini, este último con elementos técnicos pero carente del suficiente equilibrio para no desperdiciar oportunidades. Y es probable que allí esté el secreto, en la mente. El español hasta aquí supera los escollos con su presencia sobre las canchas lentas, pero falta alguien que pueda plantarse en la pista y hacerlo dudar desde lo emocional.

En el próximo mes, el español se juega su regreso definitivo y las credenciales para disputar el número uno de la temporada, con la fuerza de este segmento del año que le permitieron solidificar su trayectoria en cada una de los períodos en los que reinó en el circuito: 2008, 2010 y 2013. En esos años, siempre ganó tres torneos previos y el Abierto de Francia, con solo dos derrotas totales. Esta temporada tiene asegurada la primera parte.

En un 2017 de grandes retornos, Federer consiguió una serie de 19-1 con títulos en Australia, Indian Wells y Miami. Nadal contestó con un 15-0 con sus victorias en Montecarlo, Barcelona y Madrid. Lo que nos espera ahora es parte de uno de los procesos más apasionantes que ha vivido el tenis en este nuevo siglo. Prepárense porque lo que viene va a quedar grabado a fuego en la historia del deporte blanco.

FOTOS: GETTY IMAGES

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