viernes, noviembre 27, 2020

Por Pablo Viola

“Mí número favorito es el 9, pero desde siempre, no por mis nueve títulos en Roland Garros. Ahora seguro que quiero ganar por décima vez”. Las palabras de Rafael Nadal en conferencia de prensa se hicieron sentir. En sí la pregunta hablaba de números y no de tenis, pero de solo pensar que alguien por décima vez podía ganar un mismo título de Grand Slam llamaba a la reflexión.

La de Nadal y el polvo de ladrillo es una historia de extraterrestres, porque es muy difícil imaginar un dominio tan grande y tan prolongado, con el lógico desgaste que genera este deporte -sobre la superficie más demandante-, en tiempos en los que se habla de modificaciones, de brevedad, de cambios de sistemas de juego, en resumen, de cambio de deporte. Dejar de ser tenis, para pasar a ser “tenisito”.

Las últimas tres temporadas le pasaron factura a aquel Nadal inexpugnable que llegó a la marca de 14 torneos grandes, que más allá de gobernar sobre canchas lentas fue un competidor inigualable -aunque sin tanta autoridad- en las otras superficies, capaz de ganar Wimbledon en 2008 y 2010, el Australian Open en 2009 y el US Open en 2010 y 2013.

Aquella conversación informal con Federer, en la apertura de la Academia Nadal en Mallorca, en octubre de 2016, fue el preámbulo de dos artífices que se potenciaron durante toda su carrera y que de manera inconsciente lo hicieron una vez más, con las palabras que luego tuvieron su reflejo en los hechos. El protocolar “volveremos a jugar partidos importantes” de Rafa a Roger en aquel “meeting” tomó con el tiempo un sentido premonitorio.

Entre Nadal y Federer obtuvieron seis de los siete torneos más importantes del primer semestre de 2017. Australia, Indian Wells y Miami para Roger, Montecarlo, Madrid y Roland Garros para Rafa. La única excepción a la regla fue el logro de Zverev en Roma, como supo ser siempre en la carrera del español, ganando dos Masters 1000 en la previa de París, a excepción de 2010, el año que dejó pasar Barcelona de su calendario.

Lo de este domingo en la final de Roland Garros fue la concreción de uno de los retornos más significativos de la historia del tenis. La reconstrucción de un profesional lacerado por la exigencia física, que integra un físico poderoso, dotado de una gran técnica y con la mentalidad más prodigiosa que de mi parte tenga noción en toda la historia del deporte, en grado superlativo desde la condición de habitante de una disciplina individual.

Casi que recordar la perfección de la tarea desarrollada en la final de este domingo ante Wawrinka se sitúa en un segundo plano. El suizo era el único que podía hacer frente a esta nueva versión de Nadal, el único que podía llegar a complicarlo y representaba un examen de consideración para el partido final, el encuentro de la gesta, el de la “presión para ambos” como presagió el propio helvético en la previa. Un vaticinio que no se cumplió porque Stan pasó a ser un mero partenaire de la fiesta.

La fortaleza con la que afrontó Nadal el compromiso final fue el reflejo de cada uno de los games ganados por el español. El 6-2, 6-3 y 6-1, en poco más de dos horas de juego, fue una historia breve del avasallamiento al que se sometió el hombre que llegaba invicto en finales de Grand Slam. Prevaleció la serie del español en definiciones de Roland Garros: 10-0.

El drive profundo, con mucha carga de efecto lo retrasó a Wawrinka que suele atacar con sus golpes de base. El helvético nunca se sintió cómodo para pegar y cuando lo hizo no siempre pudo ejecutarlo con precisión. Del otro lado las defensas del español fueron desgastantes y ante la carga del juego sobre su revés, fue ese golpe el que comenzó a desanimar al suizo. La pared española no tuvo una sola grieta en esta edición de Roland Garros, tal es así que ganó todos los sets del torneo con un máximo de 10 games jugados en los 19 y fracción que disputó. 10-0 en finales en París. Un solo jugador poseedor de 10 títulos de Roland Garros. Algo inaudito.


En síntesis, Nadal volvió a ser Nadal. El tenis disfruta de un revival, la versión vintage del duelo Federer-Nadal, el ideal de todo hombre de marketing para intentar darle el marco necesario a un deporte que quiere recuperar su brillo perdido. No hay nada que represente un mayor valor en el tenis que las marcas “Federer” y “Nadal”. El deseo de todos los aficionados, como por arte de magia, se cumplió. Este 2017 de ensueño recién transita la primera mitad del calendario. El pleno disfrute sigue vigente.

Fotos: Getty Images

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