lunes, septiembre 28, 2020

Por Pablo Viola

Más allá de lo que dictan los resultados, el tenis argentino ha sabido trascender en el nuevo siglo merced a una camada de jugadores -la mayoría de ellos retirados en la actualidad- que posibilitaron un crecimiento desde lo deportivo comparable al de la explosión de los años ’70, cuando Guillermo Vilas lo incorporara al mapa de las disciplinas más importantes del país.

Sin Coria, Nalbandián, Gaudio y compañía, solo Juan Martín Del Potro se mantuvo en la escena como uno de los elegidos del círculo de elite, cobrando notoriedad por sus actuaciones ante los mejores del mundo y también por mantenerse obligadamente alejado de los torneos debido a sus recurrentes operaciones en ambas muñecas. A su alrededor, un buen número de profesionales que lucharon y luchan por un lugar destacado.

El 2016 fue un año de resurrección, pero no solo por Del Potro, los Juegos Olímpicos y la Copa Davis. De ninguna manera se pudo haber conseguido ese título sin ese segundo elemento tan importante que cubriera las espaldas del tandilense. Allí radica la clave, en el rendimiento de los Delbonis, Pella, Mayer -en particular en el torneo por equipos-, en el crecimiento de Schwartzman y el retorno de Mónaco.

A esta altura del año, doce meses atrás, en la naciente temporada de canchas lentas europeas, Argentina contaba con tres títulos en ATP 250 y una final en un 500. En 2017, tras la primera semana de mayo, Pella accedió a la primera final de un argentino en ATP, desde la instancia clasificatoria, tratando de regresar al círculo de los 100 primeros en el ranking. Tan solo lo hecho por Schwartzman y Zeballos, junto a la presencia de un Del Potro -no demasiado afortunado con los sorteos- puede elevarse hasta cierto nivel en lo que va de esta campaña.

En los resultados no necesariamente se pueda encontrar una explicación. El fuerte significado de conseguir la Copa Davis lo pueden haber sentido los jugadores desde lo mental. De hecho hubo un reconocimiento explícito de Pella y Delbonis al respecto. Más allá de los profesionales, es probable que lo más visible desde un costado negativo sea lo inerte que ha quedado el deporte después de tamaña victoria. La exposición de la actividad se simplifica en los resultados que no han llegado a buen puerto en 2017.

Pero no solo la obtención de la Copa Davis no ha causado la explosión esperada en cuanto al volumen, tampoco se ha aprovechado hasta aquí el tener el trofeo en casa e inspirar a jóvenes jugadores. Recién la semana última se paseó el trofeo por Neuquén durante la realización de un certamen de menores. Medidas burocráticas de por medio, la AAT -a cinco meses de tenerla en su poder y a poco menos de ese mismo periodo de tener que devolverla a la Federación Internacional- pudo trasladarla a otra ciudad.

El poder fusionar el trofeo con el trabajo de Daniel Orsanic -desde su condición de encargado del Departamento de Desarrollo- e incluirlo en las giras por el interior del país y hasta generar una reciprocidad con la obtención de los subcampeonatos en el Sudamericano de Menores de 16, clasificatorio para las Davis y Fed Cup de juniors. Nunca pudo gestarse la coexistencia de esa tarea de base con el significativo logro de 2016, como si de deportes contrapuestos se tratara. Una oportunidad perdida que no podrá recuperarse.

El Abierto de Italia, la semana de Ginebra-Lyon y Roland Garros pondrán punto final a la temporada alta de canchas lentas, con un segmento para aprovechar por parte de los especialistas post-Wimbledon. Más allá de alguna buena actuación que pueda obtenerse, el tenis argentino continúa debatiéndose entre las expectativas a corto plazo y el trabajo a futuro, como si la Copa Davis en lugar de haber impulsado a la actividad, haya puesto a descansar a un deporte que empieza a acostumbrarse a un lento y apacible letargo, esperando que alguien lo despierte de él.

FOTOS: GETTY y ARCHIVO TM

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