Master 1000 en Key Biscayne

MIAMI.– En un torneo marcado por las ausencias, las tempranas despe­didas, los campeones sin defensa y algunas heridas que dejó la crisis económica en cuanto a lo organizativo, el gran juego desplegado por Andy Roddick y los regresos a Miami de Kim Clijsters y Justine Henin le dieron un color dife­rente al certamen y propusieron un cambio de ai­re a la brisa acostumbrada en el Crandon Park.

Entre las bajas más notorias aparecían las de Del Potro y Davydenko, por el lado de los hombres, mientras que el cuadro femenino no iba a contar con Serena Williams y Sharapova, las primeras en dar a conocer su imposibilidad de presentarse en Key Biscayne. Por eso el Sony Ericsson Open 2010 no sorprendió tanto con sus ganadores. Porque Ro­ddick y “Queem” Clijsters, que -vaya coincidencia- habían conseguido en Brisbane su único título en la temporada, poseían el contenido de buen tenis que requiere un certamen de esta categoría, en el que los campeones defensores tuvieron una corta estancia.

Andy Murray pareció no dar la talla como para mantener el cetro en Miami, arrancó directamen­te en segunda ronda y, el sorprendente y sorpresi­vo Mardy Fish lo despidió en sets corridos. Andy volvía a ser escocés para los británicos. Este en­cuentro puso de relevancia lo hecho por Leonardo Mayer frente al estadounidense en la ronda ante­rior, cuando por la noche en el Estadio Principal cayó en un encuentro muy cerrado. La ansiedad en varios momentos y la falta de precisión en su derecha le terminaron dando la victoria a su rival. Fish, mucho más delgado y estilizado, sólo fue de­tenido por su propio físico, cuando abandonó en el match frente al ruso Mikhail Youzhny.

Djokovic, con un servicio extraño y sin con­fianza en varios de sus golpes, ni siquiera logró pasar su debut frente a Olivier Rochus. Después de ganar el segundo set, parecía una de esas his­torias de siempre, en donde la recuperación hace trizas los sueños del más débil. Sin embargo, el más bajito del circuito logró dar el impacto y de­jar fuera al número 2 del mundo.

Los días se sucedían con temperatura agra­dable, sin demasiado calor. La lluvia amenaza­ba y se desplegó con fuerza, un día de tornado, sobre todo Miami. Después de eso, Roger Fe­derer, quien se había mostrado sólido para lle­gar a la final, aunque no como en sus mejores momentos, fue desconcertado en una noche de luna llena por un tal Tomas Berdych, en lo que fue un verdadero concierto de cuerdas. El maravilloso y diferenciado sonido que surgía de cada una de las raquetas, de acuerdo con el estilo de ellos. En medio de todo eso apa­reció la figura del último norteamericano nú­mero 1 del mundo, sólida, monolítica, como candidato al título. El cuadro de los hombres se abrió rápidamente y la proyección imagina­ba un gran choque Nadal-Roddick del cual, se suponía, saldría el campeón.

Pero la presencia de David Nalbandian puso puntos suspensivos a ese encuentro. Con gran tenis, jugó un partido muy inteligente frente a Rafael Nadal, pero para ganarle debía hacerlo en sólo dos sets, porque llegado a un tercero, el desgaste físico no le permitiría continuar en la misma línea. Así sucedió, y el Rafa no per­donó. Después de la victoria de 10-8 en el tie break del set inicial, dos 6-2 consecutivos para el mallorquín evidenciaron la realidad de lo es­peculado previamente.

Mientras tanto, la campeona 2010, la bielo­rrusa Victoria Azarenka, tuvo un andar tranqui­lo y sin tropiezos hasta que se cruzó con quien

le arrebataría el cetro de campeona. Allí la belga dejó marcada una diferencia muy notoria en su favor (6-0), sobre todo en el segundo parcial con el que despidió a su rival.

El tenis femenino da tantas sorpresas que a ve­ces no sorprende. Tanto es así que de las ocho jugadoras, en los cuartos de final, la mitad esta­ba entre las 10 primeras cabezas de serie y sólo una no era preclasificada. La que está de regreso: Justine Henin. Esta llegada produjo el gran cho­que de semifinales entre las dos connacionales, que terminó en poder de quien sería campeona; la proyección, por el juego en el certamen, ya le otorgaba el título a quien resultara ganadora del match. Y Clijsters, bajo la atenta mirada de su hijita Jada desde la platea, se llevó la victoria al vestuario para disputar una nueva final, la ter­cera desde su regreso. Las estadísticas indicaban que había ganado en ambas anteriores: US Open 2009 y Brisbane 2010.

Por el otro lado de la llave llegaba la osada Venus Williams. Con un diminuto vestido rojo fue abriéndose paso y cediendo un solo set fren­te a Daniela Hantuchova, en el court central, en un duelo de potencia, pero que por momentos pareció sin demasiado criterio estratégico. Los vendajes en Venus, cada vez más amplios y no­torios abarcaban mayor superficie en su pierna izquierda, y que terminaron por extenderse so­bre la rodilla derecha el día de la final.

Un presagio de partido corto, por las dificul­tades físicas de la mayor de las Williams. El 6-2 y 6-1 no conformó a nadie, ni siquiera a la pro­pia Kim como una gran victoria. Pero a fin de cuenta terminó siendo un título más para ella, el número 38 de su carrera.

Fuera de las canchas, allá donde velan sus armas sólo los fanáticos (lapicera y papel, una cámara de fotos o videos), los grandes se hacen más grandes.

Roger Federer y Rafael Nadal (por orden de ran­king y de edad) parecieron dar una nueva cátedra de cómo se construye la imagen de un ídolo. Día a día salieron por la misma puerta, saludando y firmando autógrafos a la gente que pacientemente aguardaba en las tres largas filas que se extendía a lo largo de unos 30 metros, separadas de sus ídolos tan sólo por una baranda simplemente apoyada. Un gesto que los distingue y los suele diferenciar del resto, como los puntos en el ranking.

Pero dentro de la cancha, ambos dejaron in­terrogantes. La falta de motivación en Federer, el paso del tiempo dentro del tenis profesional y el desgaste que éste provoca, transformaron a su juego en el retrato sobre el cual se yerran las cicatrices que no luce en su rostro.

                      Leé el texto completo en la edición Nº 24 de Tenis Mundial