Del Potro: El gran ausente del año

PARIS.- Hace un año, ante la caída inesperada de Ra­fael Nadal frente a Robin Soderling, Juan Martín del Potro pasó a ser uno más de los candidatos a levan­tar por primera vez la Copa de los Mosqueteros en el estadio Phillipe Chatrier. En esa lista, se ubicaba más cerca de los puestos superiores que los de abajo. Uno ahora recuerda esa semifinal con nostalgia y desesperanza. Qué cerca estuvo de ganarle a Roger Federer, una aproximación bastante certera al ti­tulo mayor. Pese a los pronósticos fundados vaya uno a saber en qué concepto de aquel periodista de Radio Catalunya, que desde su cabina proclamó con vehemencia en pleno partido: “Pues de ninguna manera si le gana al suizo ahora el domingo podrá ven­cer a Soderling”. ¿Acaso lo decía porque el sueco había eliminado al campeón defensor y favorito, y entonces era demasiado fuerte para el argentino? Nada que ver con la realidad. En ese cruce con el número 1 del mundo que bien pudo ver triunfador al tandi­lense, se vivió un anticipo de lo que viviríamos apenas tres meses después, cuando frente al mismo adversario de París, entró en la historia grande del tenis para siempre. En Nueva York, más cerca de los aeropuertos de Queens que de Manhattan, Del Potro fue campeón, derrotando al que es, para la mayoría, el tenista más grande de todos los tiempos.

Fue entonces cuando todo el mundo del tenis, empezando por Federer y Nadal, coincidió en un pronóstico, el que le asignaba al tenista de Tandil, la condición de futuro número 1 del mundo. Un cálculo que, pese a la derrota con el ruso Nikolay Davydenko en la definición del ATP World Tour Finals, se acrecentó con lo visto en Londres. Los descansos y horarios le habían provocado cierto viento en contra para el partido decisivo, pero el futuro seguía sonriendo. Hasta mayo de 2010 no tendría muchos pun­tos para defender, y Australia mediante, y buenas actuaciones en los Masters 1000 de Indian Wells y Miami, bien podría darle un marco diferente a los festejos del Bicentenario.

Ha pasado un año desde aquel choque sobre el polvo de ladrillo parisiense con Federer. No es fácil recordar con qué expectativas uno llegaba a Roland Garros en la temporada anterior. Con la gran ausencia avisada de David Nalbandian, entonces recién ope­rado de la cadera. Sí sabemos cómo llegamos ahora. Otra vez sin Nalbandian, en el gran juego del subibaja, y sin Del Potro, tam­bién operado, en su caso de la muñeca derecha, y todavía sin fecha fija de regreso. Es el peor Roland Garros en las vísperas, en más de 10 años. La milagrosa generación de oro ha dado su adiós casi en su totalidad. El conjunto de tenistas que llegó, apenas cinco entre los hombres, tiene a Juan Mónaco como líder natural; uno solo de la era ilustre, Juan Ignacio Chela, y los ascendentes Horacio Zeba­llos, Eduardo Schwank y Leonardo Mayer, deseosos todos, cada cual desde su intimidad, de ser los verdaderos protagonistas. Pero la realidad fue mas dura que las escasas expectativas, y las nostal­gias por los Nalbandian y Del Potro se hizo aún mayor. Gastón Gaudio, el otro campeón argentino después de Guillermo Vilas, se despidió en la clasificación, en una alejada e impropia cancha secundaria, como si la gloria del Chatrier no brindara garantías. Pero la vida es así, y el deporte, y mucho menos el tenis de hoy, sabe de reconocimientos permanentes.

en las etapas decisivas del Abierto de Australia. Lejos de esa alternativa, la tierra de Rod Laver se convirtió en el comienzo de lo que insospechadamente se con­virtió en un largo suplicio. El jardín de rosas se llenó de Espinas y el cielo se nubló.

Luego de la eliminación en los octavos de final con una derrota en cinco sets frente al croata Marin Cilic, se diagnosticó una ausencia de cuatro semanas para reaparecer en Indian Wells o Miami. Luego, con la vuelta a las prácticas, los dolores iban y venían y esa sensación de duda se trasladó a su tenis. Se entra así en un círculo vicioso. Hasta que, al poco tiem­po, comenzaron los rumores: que Juan Martín sufría de ataques de pánico, una dificultad que es bastante frecuente entre la gente. Quien esto escribe había visto al tenista entrando en la cancha de Boca, cami­nando entre la multitud, sonriente y respondiendo al afecto y saludo de los aficionados; otra noche en el Hotel Intercontinental, en un remate solidario a beneficio de Unicef, y donde entre 500 asistentes, Delpo compró en 38.000 pesos una pintura de Leo Messi, que el tenista donó para que fuese subastada el año que viene. Y otra noche fue al teatro Gran Rex a ver a Midachi, entre 2000 personas; Alguien que sufre de ataques de pánico muy difícilmente tenga semejante actividad.

La idea general de la prensa es que, a partir de la le­sión, no ha existido una información oficial fluida so­bre la evolución de la lesión. Puede que sea tan cierto es­to, como el derecho del jugador a no querer estar brin­dando comunicados ni aceptar conferencias de prensa. Cada cual maneja su vida como quiere, y todo depor­tista, salvo las obligaciones emergentes del marketing, puede o no tener una relación fluida con los medios en tiempo de inactividad. Vale aclarar la distinción entre información o partes de prensa, y la atención (obliga­da) que el tenista brinda en los torneos. Sería injusto expresar que alguna vez en un torneo el tandilense dejó de atender a la prensa. Incluso, después de la conquista del US Open, tuvo la gentileza de invitar a los perio­distas argentinos a una cena exclusiva, y al día siguiente ofreció varias horas de atención a la prensa.

Leé el texto completo en la edición Nº 24 de Tenis Mundial